Beso
a la luz de la luna
Hacía
un cálido día a mitades del siglo XVII en la gran ciudad Dawraka,
pero en Widescket que era el centro de la ciudad, se hallaba la
mansión perteneciente al duque Henri Lanford que vivía junto a
su esposa que estaba embarazada
Mientras
pasaban los meses la duquesa estaba guardando reposo, Henri a su vez
se veía muy feliz, sabiendo que faltarian pocas semanas hasta que
por fin tendría su primer hijo o hija en brazos.
Pero
un día cuando el duque Lanford se encontraba fuera de la ciudad por
negocios,
su esposa empezó a tener fuertes dolores
insoportables, hasta el momento de romper aguas y entonces su parto
comenzó.
- Llamad al medico y traed un cuenco de agua caliente, la señora va dar a luz pronto! -ordeno la nodriza- preocupada por la duquesa.
Al llegar el medico las criadas, trajeron lo necesario para el parto.
Layla estaba pasando malos momentos pero gracias a la intervención del medico pudo salir adelante y dios a luz a una pequeña niña hermosa.
Al llegar el medico las criadas, trajeron lo necesario para el parto.
Layla estaba pasando malos momentos pero gracias a la intervención del medico pudo salir adelante y dios a luz a una pequeña niña hermosa.
Cuando el parto hubo terminado, la duquesa estaba en sus aposentos recuperandose.
El duque Lanford que había estado fuera por negocios, regreso en la
mansión, al enterarse de
que su esposa finalmente había dado a luz.
Henri no pudo esperar más
debido a la emoción que sentía y se dirigió hacia los aposentos de
la duquesa
Al entrar en el
cuarto su corazón se lleno de alegría al ver a Layla cargar una pequeña criatura entre sus brazos.
- Mi vida -dijo
Henri al acercarse a su esposa- por fin vamos a ser una familia
completa, dime ya has elegido cual seria su nombre?
La duquesa con una
cálida sonrisa asintió.
- El nombre de nuestra dulce niña que
tiene los ojitos rojos por las lágrimas, es Alice - respondió Layla con dulzura en su voz-
Henri cogió a
sus a su hija en brazos y -dijo- Vamos a ser muy felices juntos, mi pequeña va a ser hermosa al igual
que su madre que es una persona tan maravillosa.
- No hacia falta que
mencionaras lo ultimo - añadió ella ruborizandose
***
Tras seis años la niña había crecido sana y fuerte, y cada día aprendía cada
cosa nueva.
Pero un día la
duquesa cayó enferma por una grave enfermedad que no tenia cura, los
médicos intentaron encontrar una solución, pero no había esperanza
alguna.
El duque estaba en
los aposentos de Layla, arrodillado al lado de su cama.
- No te rindas
cariño te lo ruego, ¿que sera de nuestra hija,? ella va a sufrir
mucho más tu perdida, la vida no sera igual sin ti. - dijo Henri
entre lágrimas al coger la mano de su esposa.
- Tienes que ser
fuerte y seguir adelante sin mi, pero tienes que
prometerme que protegerás a nuestra pequeña Alice,
- añadió Layla con dulzura pero su voz sonó débil debido al cansancio- necesito pedirte una
ultima cosa, por favor cumple mi ultimo y único deseo, solo así
podre descansar en paz.
- Dime que necesitas
que haga y lo haré de todo corazón para ti - le preguntó el
desolado.-
Entonces la duquesa
con sus ultimas fuerzas, le dijo cual era su petición.
-
Te prometo que voy a cumplir tu deseo –
añadió el
entre lágrimas-
-
Gracias por hacerme la mujer mas feliz y regalarme el mayor regalo
del mundo, que es nuestra hija, te amare siempre -dijo Layla con
esfuerzo- entonces el acerco sus labios junto a los de ella y a la
cálida luz de las
velas se dieron un ultimo, cálido y apasionado beso.
Al
separarse uno del otro, ella acaricio su
mejilla y mientras las lágrimas caían por su bello rostro, con una
sonrisa añadió- me alegro de haberte conocido Henri..-
pero esas fueron sus ultimas palabras antes de morir.
Después
de diez años de la muerte de Layla, muchas cosas cambiaron drasticamente, Alice la hija del duque habia sido encerrada en una torre que se hallaba tras la mansión
Un día, cuando la
joven estaba mirando por la ventana de su cuarto, pudo oír a los
guardias hablar sobre un ladrón que había escapado de su celda.
- Me pregunto si algún
día podré salir de este lugar- dijo ella, en voz baja mirando
hacía al cielo.
Mientras los guardias
revisaban la mansión, el ladrón había conseguido la llave de la
torre vecina, pero ignoraba lo que pudiera encontrar allí.
-¿Por qué esa persona
me aconsejó que debiera revisar la torre, antes de salir de la
mansión?- murmuró mientras subía las escaleras de caracol.
Al llegar frente a la
puerta, metió la llave en el pestillo, y la abrió. Al entrar, su
mirada se fijó en la doncella que observaba el cielo a través de la
ventana.
La joven tenía un liso
cabello castaño oscuro, tan largo que le llegaba hasta las rodillas.
Sus ojos en cambio eran de color verde esmeralda, resaltando su bello
rostro.
Al darse cuenta de la
presencia del intruso, se giró hacia él y se sorprendió de lo que
vio en el joven ladrón. Era atractivo y de largo liso, pelo negro,
que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Sus bonitos ojos
violetas resaltaban su oscuro cabello. A pesar de su apariencia,
parecía ser un joven solitario
- No sabía que hubiera
alguien aquí -dijo él paseando su mirada por la estancia- ¿por qué
estás encerrada en este lugar?
- Hace tiempo mi padre,
el duque, me encerró en esta torre, aunque me gustaría ver cómo es
el mundo más allá de la ventana de mi cuarto.
Pero al volverse hacia
el joven intruso sus miradas se encontraron.
- Por favor, ¿me
ayudarías a salir de este lugar? -le preguntó ella, mientras sus
ojos se llenaban de lágrimas.
- Deberías tener más
confianza en ti misma, de esa forma podrás enfrentarte a tu padre,
pero si realmente deseas salir de aquí entonces te ayudaré– le
dijo, y deslizó su mano hacia la mejilla de la joven, secando sus
lágrimas.
Ella, al notar el calor
de su mano, se ruborizó y le dedicó una cálida sonrisa.
Seguidamente, lentamente le tendió su mano y el joven ladrón con
una sonrisa le ofreció la suya.
- Mi nombre es Leo,
encantado de conocerte princesa- sonrió sarcásticamente, pero sin
malicia.
- Por favor no me
llames así- ella respondió tímidamente- mi nombre es Alice..
- Debemos salir de este
lugar, los guardias no tardarán en llegar hasta aquí - dijo él
secamente
''Intenta no perderte
chico , entra en la mansión y encuentra tu verdadero objetivo'' –
recordó Leo pensativo, pero el grito de Alice lo hizo volver a la
realidad.
- ¡La torre está
ardiendo! ¡No vamos a poder salir de aquí!
Mientras que el
incendio aumentaba, Leo fijó su mirada en la única ventana del
cuarto, y al mirar hacia abajo vio un matorral de hierba que podría
amortiguar una gran caída.
-Vamos a tener que
saltar, puesto que no tenemos otra salida.- dijo cogiéndola del
brazo.
- Es peligroso,
podríamos matarnos – le respondió Alice, pero su voz se apagó
cuando el chico la cogió en brazos.
Al estar tan cerca de
su pecho y sentir su calidez, no pudo evitar ruborizarse con gran
inocencia.
-Tendremos que
arriesgarnos –añadió Leo, con una sombría expresión en su
rostro.
Estando al borde de la
ventana, Alice alzó la cabeza hacia el y sus miradas se encontraron.
Ella tuvo que desviarla para evitar volver a sonrojarse.
- No te preocupes. Todo saldra bien, voy a protegerte, así que puedes tranquilizarte- Le
aseguró con una cálida sonrisa, pero ni bien termino la frase que saltó.
Cuando abrieron los
ojos, estaban encima del matorral de hierba al pie de la torre.
- Bueno, no ha ido tan
mal, creo que ahora puedes relajarte –dijo-
-¿Te encuentras bien?
-le preguntó preocupado, al notar que estaba temblando.
- Sólo me siento un
poco mareada, creo que es debido a toda la emoción- le respondió
Alice en voz baja.
- Deberíamos seguir
adelante – dijo Leo, levantándose y ayudándola a incorporarse.
-Gracias por protegerme
en ese momento - añadió ella tímidamente.
-No tienes nada que
agradecerme -contestó sonriendo- Sigamos adelante antes de que se
ponga el sol.
Mientras iban
avanzando, Alice se empezó a preguntar por qué su corazón latía
con fuerza cada vez que se acercaba al chico, pero empezaba a
comprender la razón.
Al adentrase en el
Bosque de la Esperanza Mágica, el sol ya comenzaba a ponerse.
-Vamos a tener que
acampar aquí. Pronto será de noche y sería muy peligroso seguir
adelante.
Tras encender el fuego,
Alice se sentó frente a la hoguera, pensativa.
- ¿Estás preocupada
por tu padre?- preguntó Leo sentándose a su lado.
- Estaba
pensando en cuál sería su reacción al saber que me he escapado de
la torre- le respondió ella levantándose y aproximándose al lago.
- No deberías darle
tanta importancia a ese asunto. Lo que importa es que tú por fin
estás libre, dijo Leo al levantarse y acercándose a ella.
Desde el momento en que
nos conocimos he empezado a sentir un extraño sentimiento dentro de
mi pecho -añadió el con dulzura en su voz - acariciando la mejilla
de la joven-
Al estar tan cerca uno
del otro, Alice volvió a ruborizarse y tímidamente bajo la mirada,
pero Leo tomo la barbilla de ella levantando su rostro hacia el, y al
mirarla a los ojos le -dijo- te voy a proteger el resto de mi vida.
Entonces
Alice lentamente acerco sus labios junto a los de el y bajo a la luz
de la luna se fundieron en un cálido y apasionado beso.
Fin.